“Timoteo: hombre sin rostro que somos todos nosotros”

"The ball" / Cortesía: Rodrigo de la Sierra
“The ball” / Cortesía: Rodrigo de la Sierra

Hay días en los que los cuadros de la pared parecen multiplicarse, nos hechizan y obligan a contarlos; hay otros que pasan sin hacer ruido, en silencio; pero de vez en cuando nos sobresaltamos, nos asombramos, abrimos los ojos, vemos sin filtros. Esos momentos te marcan y te hacen dar vueltas, reflexionar; son instantes que modifican tus ideas y le dan un giro de 180 grados a tu vida.

Justamente esto me pasó hace unos días. Sin esperarlo me encontré con él. Estaba estático, inerte. No hablaba, sin embargo decía tantas cosas… Pasé a su lado y llamó inmediatamente mi atención, quedé embelesada. Me intrigaba su rostro sin expresión alguna. Su frialdad logró envolverme, me involucré al instante. El simple hecho de estar a su lado me volvió parte de su armonía, de su crítica, de su arte.

Así fue como conocí a Timo. Mi curiosidad no dejó que me quedara solamente con su impresión física, necesitaba saber más, descifrar su origen; conocer al creador de su mensaje y de su molde bañado en bronce. Contacté a Rodrigo De La Sierra y esperé su respuesta. Después de unos días me encontraba dentro del coche, aguardando a que llegara la hora para entrar a su taller.

A la hora acordada me acerqué a la entrada; la idea de conocer el secreto de Timoteo no dejaba de dar vueltas en mi cabeza, estaba ansiosa. Al instante, una mujer delgada me abrió la puerta. Rodrigo aún no llegaba, y yo no podía dejar de mirar, mis ojos inspeccionaron cuidadosamente cada detalle. El lugar era igual de frío que Timo, parecía que la atmósfera estaba viciada por el personaje. En cada rincón podías verlo. La estancia era grande, sin embargo estaba repleta de vida. Timo estaba ahí: contemplando, deshecho, renovado, en proceso, cubierto, expuesto. Nada le impedía gritar.

Rodrigo de la Sierra
Rodrigo es licenciado en Arquitectura / Cortesía: Rodrigo de la Sierra

Llegó Rodrigo: las cosas comenzaron a acomodarse, a tener sentido. La idea de Timoteo empezó a asemejarse a él, por su empatía, por hablar, por no guardar palabras. Se presentó, los nervios me invadieron, titubeé; aún así él continuó. De un momento a otro me hizo sentir en confianza, como si Timo ya no fuera un secreto. Me mostró el taller, las piezas que ahí resguarda, en dónde se inspira y crea, los moldes de plastilina y el escuálido esqueleto de alambre de su mejor creación: Timoteo.

En sus palabras, “Timoteo es el reflejo de la sociedad. Hombres sin rostro que somos todos nosotros”. Lo creó para que la gente viera su realidad desde otra perspectiva, para que pudiera admirar su día a día en una escultura, “para hablar con menos”.

Timo nació en un café, con lápiz y hoja en mano. Al trazarlo, Rodrigo nunca imaginó su creación que llegaría a convertirse en vocera de la otra cara de la sociedad. Sus antecesores fueron mucho más realistas: esculturas de humanos  en movimiento, nada fuera de lo ordinario. Sin embargo, Timo fue quien logró embarcar a Rodrigo en esta etapa de su vida como arquitecto. Su pulsión artística siempre estuvo latente, pero notó que esculpir lo hacía sentirse pleno, se dio cuenta de que “la vida cambia a través del arte”.

La primera vez que Timoteo salió a conocer el mundo que después cuestionaría fue en Japón, en la exposición Toyamora en 2006. Las expectativas de Rodrigo eran bajas, pero “no tenía miedo al fracaso”. A pesar del mal pronóstico, su obra Reaching my universe quedó seleccionada. Desde ahí Timoteo “ha sido una bola de nieve, pequeños escalones que han dado fuerza para subir más”.

Aunque ya se había completado un objetivo, aún existían muchas puertas esperando a abrirse –para eso Rodrigo necesitaba persistencia, “manosear la idea”, perfeccionar a Timoteo y darle voz–, le presentó su proyecto a varias personas, esperando que alguna de ellas se enamorara de la idea, creyera y confiara en ella. Nunca pensó que la oportunidad se la daría Margaret Failoni, una italiana que creyó en Timo con sólo ver su silueta y su fuerza.

Después de la oportunidad las cosas fueron evolucionando solas. Timoteo y Rodrigo comenzaron a crear un camino juntos, a transformarse con cada oportunidad, con cada idea nueva. No podían permanecer quietos, así fue como Timo comenzó a vivir distintas cosas, a analizar al mundo, a hablar, a gritar, a crear consciencia, a descubrir nuevos recintos.

Al hablar con Rodrigo me di cuenta de que Timoteo es una extensión suya, porque a través de él puede hablar con mil personas, puede mostrarles su realidad y hacerlos pensar. No podemos omitir que la maestría con la que lo hace es impresionante. Creó a este personaje hace ya algunos años, sin embargo lo ha puesto en varios escenarios, lo ha perfeccionado. Timo ha dado mil vueltas, se ha transformado conforme a la situación, se ha adaptado. El primero comenzó siendo de madera. Luego pasó a estar bañado en bronce. Han tenido problemas –les han negado exponerse debido a su mensaje– los han admirado, los han seleccionado para la estatua de un festival de cine mexicano. Crecen sin detenerse porque aún tienen muchas cosas que decir, cambiar la escena, abrir y expandir miradas.

Conocí a Timo en la exposición del Museo de Arte de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Sin embargo, también puedes verlo en la estación dos del Aeropuerto Benito Juárez. A partir del 20 de marzo estará en el Museo Isidro Fabela y en junio en el Hospital Siglo XXI. Ve a que te bañe con su simpleza y sabiduría; a que te haga pensar en México, en ti; a no quedarte con tu opinión y a expandirla por medio del arte.

Fotos cortesía de Rodrigo de la Sierra

Facebook / Sitio oficial

Fernanda Enríquez Anguiano

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