El rock llegó a la ciudad, aún no ha muerto: los Japandroids en México

Fue el miércoles 30 de octubre, en una noche lluviosa; el concierto tuvo lugar en el Pasagüero, ubicado en el corazón de la ciudad de México, justo a unas calles de Palacio Nacional. Ha sido uno de los conciertos más significativos de mi corta y aún adolescente vida.

Foto: www.facebook.com/japandroids, publicada el 5 de 2013
Foto: http://www.facebook.com/japandroids, publicada el 5 de 2013

Unos amigos y yo asistimos a este evento gracias a varias cuentas de redes sociales que regalaban boletos (no podías entrar de otra forma). La cita era en punto de las diez de la noche; nosotros, debido a la lejanía del lugar, llegamos unos veinte minutos después. Se escuchaba ruido adentro, el bombo de la batería se oía a tres calles del lugar, la guitarra sucia y distorsionada también; la fila iba avanzando poco a poco mientras mis ansias crecían conforme nos acercábamos a la puerta, hasta que… ¡Entramos! En el momento en el que puse un pie en el lugar supe que iba a ser una noche espectacular, eufórica y memorable.

La banda encargada de abrir aquella noche fue Yokozuna. En un inicio no puse atención a su música, debido a nuestro viaje hacia la barra, pero de regreso, cuando nos acomodamos cerca del escenario, del lado izquierdo, le presté atención; su propuesta musical me pareció interesante y arriesgada, después de todo se trata de únicamente de un cantante/guitarrista y un baterista.

La música me hizo entrar en una vibra inimaginable, tenía rato que no escuchaba una banda mexicana de rock tan buena. Sus canciones son como una patada en la cara: despiertas o te mueves de alguna manera. Me llevé una increíble sorpresa con esta banda, su virtuosidad al ejecutar los instrumentos, los solos de guitarra, batería y, la mejor parte, que invitó al escenario a una de las mujeres más hermosas que he visto en toda mi vida: la cantante de Ruido Rosa… se movía al compás de la estruendosa guitarra, llevando su melena de un lado a otro. Canciones más adelante Yokozuna invitó a un rapero que al parecer había trabajado con la banda anteriormente; comenzó todo con un discurso antisistema e iniciada la canción, repitió: “Pasagüero, Pasagüero, Pasagüero, Pasagüero, Pasagüero”.

La gente comenzó a saltar, entró en contacto con el sonido. Disfrutando mi bebida, veía lo que acontecía desde un lado del escenario. Terminó siendo un acto excelente que dejó a la gente llena de energía, aturdida. Y por fin venía lo que todos lo que todos esperábamos: la presentación de los Japandroids, que habían venido para el Vive Latino, pero en ese entonces no tuve la oportunidad de verlos.

En un tercer viaje a la barra pude ver que el cantante estaba en una esquina, los músicos estaban por salir. Rápidamente me acerqué y le pedí una foto, él aceptó, me dio una palmada y me dijo que disfrutara el show. Regresamos a nuestro lugar, a un lado del escenario. Los Japandroids hicieron soundcheck, armaron la batería y probaron la guitarra. Ya  que habían checado que su equipo estaba en orden, volvieron a los camerinos. Las ansias nos comían, la gente gritaba y esperaba impaciente.

Cinco minutos después, volvieron a salir al escenario. El cantante/guitarrista, Brian King, tomó su guitarra, dio un trasteo, nos saludó y explicó que era su cumpleaños, por lo que debíamos hacer de éste un concierto memorable. Empezó a tocar un riff, la batería acompañaba, los ánimos se calentaron y la gente empezó a saltar. La presentación había comenzado. “Adrenaline Nightshif” fue la primera canción que se escuchó en el recinto; nosotros, desde la esquina, veíamos un acto de rock verdadero. Nada de tonterías, el cantante gritaba y cantaba de forma melodiosa, la guitarra lo acompañó de manera similar… el sonido de su guitarra tenía una distorsión chistosa, pues sonaba sucia pero se acompañaba al mismo tiempo de tonos muy agudos.

A la mitad de la presentación decidimos ir al baño, pero en el trayecto nos encontramos con Yokozuna y, desde luego, platicamos con ellos. Los músicos, que por cierto son hermanos (Arturo y José Antonio Tranquilino), recibieron nuestros elogios. Yo le comenté al baterista la similitud que compartía con John Bonham, no sólo en lo físico, sino también en la forma de tocar. Claro que es un poco exagerada mi comparación, pero esa noche sus solos y forma de tocar lo hicieron parecer así. Tomamos con ellos un trago y un par de fotos, el baterista nos comentó sobre su trabajo aparte de la banda, que consiste en  hacer música para filmes; además, nos dio unos consejos para mejorar la ejecución al tocar batería. Después de esto, llegó más gente a saludarlo, por lo que regresamos al escenario. La gente estaba ya más tranquila, por lo que pudimos llegar hasta adelante.

Sonaba “Continuous Thunder”, restaban unas cuarenta personas en el recinto –al parecer ya era muy tarde para seguir rockeando–, después de todo era miércoles y ya casi daban  las dos de la mañana. El cantante salió del escenario y se tomó unos minutos para su regreso; su explicación: que se sentía agotado y triste por estar varios años en gira y que fue a llorar.

El concierto aún no terminaba, comenzó la canción “Evil’s Sway”, todos se empezaron a mover, pero de manera tranquila; después fue el turno de “Younger Us”, el desorden comenzó a la par de la canción, íbamos de un lado a otro, de atrás para adelante, parecía más un concierto de punks que de otra cosa, pero aún no se perdía por completo el control, hasta que sonó “The House That Heaven Built”, la más conocida de su repertorio. Entre el slam y la gente bailando perdí mis lentes en pocos segundos. Yo seguí en la celebración, saltando, empujando… la locura total.

Luego de esta canción el cantante anunció el final. “For The Love Of Ivy” empezó a sonar. Como era el último tema, debíamos darlo todo… codazos y golpes volaron; moría de cansancio, pero aún así no paré. El cantante se lanzó hacia el público y lo cargamos entre los que quedábamos para después regresarlo al escenario. Terminó la canción y ellos se fueron a los camerinos. Fue una noche memorable de rock, empujones, alcohol y lluvia. Efectivamente, el rock aún no muere. Los Japandroids lo demostraron.

Por Moisés Hipólito

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