El horror-terror en México, ‘La invención de Cronos’

Cuando entramos en el reino de las quimeras, cuando las aspiraciones, los deseos y sus negativos, los temores y los terrores llevan y modelan la imagen para ordenar según su lógica los sueños, mitos, religiones, creencias, literaturas y, concretamente, todas las imaginaciones, se está dentro del cine.

Imagen: thefilmtemple.blogspot.com
Imagen de La invención de Cronos / Crédito: thefilmtemple.blogspot.com

Por ello, leyendas y dogmas, espejismos y ficciones son el brote de la visión mágica del mundo, porque ponen en acción la práctica encantadora y espontánea del espíritu que alucina; y si al cine se le compara con frecuencia con el sueño, hay una palabra con la que se complementa plenamente: el horror, que es el equivalente a la pesadilla.

En México este género del horror-terror tiene una infinidad de representantes, claro que con un toque cien por ciento mexicano, destacando temáticas de inmortalidad, de monstruos, de seres de otros mundos, de animales extraños, de dioses, de seres míticos que empiezan a poblar el imaginario cinematográfico desde los años treinta hasta bien entrados los setenta, con filmes de todo tipo, que van desde La llorona (1933) de Ramón Peón, El fantasma del convento (1934) de Fernando de Fuentes, El misterio del rostro pálido (1935) de Juan Bustillo Oro, La posada sangrienta (1941) de Fernando A. Rivero, Calaveras del terror (1943) de Fernando Méndez, El castillo de los monstruos (1957) de Julián Soler, La casa de los espantos (1961) de Alfredo B. Crevenna, La cámara del terror (1968) de Jack Hill y José Luis Ibañez, hasta El baúl (1972) de Enrique Escalona, entre muchísimas otras.

Sin embargo, el género del horror-terror en México se vio absorbido por la ciencia ficción, tendiendo a caer en los años ochenta y sobre todo en los noventa en la explotación rudimentaria y pobre de los efectos terroríficos elementales con cintas como Macabra, la mano del diablo (1980) de Alfredo Zacarías, El misterio de la cripta embrujada (1981) de Cayetano Real, Las amantes del señor de la noche (1983) de Isela Vega, Hermelinda linda  (1983) de Julio Aldama, La mansión del terror (1987) de Ramón Obón, Ladrones de tumbas (1989) de Rubén Galindo y Expedición al infierno (1990) de José Luis Urquieta, entre otras.

El cine de ciencia ficción a través de una mirada que sublimaba el horror y el terror en el México de los noventa se explotó en sólo dos películas de calidad que pretendieron catapultar el género al asociarlo con un elemento indispensable: el miedo. Sobrenatural (1996), ópera prima de Daniel Gruener, producida por Televicine y La invención de Cronos (1992) de Guillermo Del Toro, producida por la industria estatal (Imcine), que durante el decenio de los noventa realizó sólo una ópera prima con esta temática. De tal forma que ambas se manifestaron como propuestas innovadoras en donde el terror, el suspenso y el temor a lo desconocido fueron los ingredientes esenciales.

De La invención de Cronos se puede decir que es una aproximación deslumbrante a la visión del cineasta más vanguardista y original en ese momento, en cuya cinta se fragmentaba la realidad  y se manifestaba su personal sentido de la Modernidad, ya que para este director el terror es un arte, pues es uno de los pocos géneros valientes en el cine.

El hoy realizador de Hellboy 2: The Golden Army (2008), El laberinto del fauno (2006), Hellboy (2004), Blade II (2002), El espinazo del diablo (2001) y Mimic (1997) fue  considerado en los años noventa como uno de los jóvenes cineastas más prometedores en México, con perspectivas internacionales. Nació en Guadalajara en 1964. Empezó a filmar desde adolescente. Pasó diez años en diseño de maquillaje y formó su propia compañía antes de ser el productor ejecutivo de su primer filme a los 21 años.

Fue co-fundador del Festival de Cine de Guadalajara y creó la compañía de producción Tequila Gang. Ha dirigido una amplia variedad de películas, desde adaptaciones de cómics, hasta películas de terror y fantasía histórica.

Del Toro estudió guionismo con Jaime Humberto Hermosillo, así como efectos especiales y maquillaje avanzado con Dick Smith. Tuvo a su cargo la Dirección de Producción de Cine de la Universidad de Guadalajara y en 1985 fundó Necropia S. A. de C. V., compañía especializada en producción de cine, efectos especiales, animación y maquillaje especial.

Dentro de su experiencia cinematográfica como director se incluye su trabajo en dos cortometrajes: Doña Lupe (1985) y Geometría (1987), así como en los vídeos Con todo para llevar (1989), Caminos de ayer (1990) e Invasión (1990). Sus filmes siempre manifestaron una admiración especial por los insectos, la religión, el humor negro y la atracción por la monstruosidad, pues para el realizador lo sólo humano no tiene ningún interés, ya que los monstruos representan todo aquello que es falible, perecedero, lo fallado y lo distorsionado con respecto a la naturaleza, pues son los máximos marginados, están más allá del sexismo, de la lucha clasista; más allá de todo, pues son personajes realmente  marginales.

La invención de Cronos narra una historia que es, por mucho, una auténtica obra de ciencia ficción, la cual fue bien acogida por la crítica cinematográfica mexicana, pues también tiene en su haber los Premios Ariel a la mejor película, director, actor de cuadro, guión, escenografía, ambientación, efectos especiales y ópera prima, e incluso fue nominada al premio Oscar como mejor película extranjera.

Quizás sea por ello también que La invención de Cronos se ha conformado en la actualidad como una interpretación gótica sobre la búsqueda de la inmortalidad a través de una fantástica máquina, en donde sus personajes se mueven en estados anímicos por senderos fantasiosos e ilusorios, determinados por aspectos muy importantes en la conducta. De allí que la verdad última y el sentido de lo que se ve en pantalla corresponde hacerlo al espectador utilizando elementos tan primordiales como la construcción de ambientaciones.

Finalmente, la moraleja de La invención de Cronos plantea vivir la vida intensamente mientras se tenga, pues la inmortalidad tiene un precio y éste es demasiado alto, y tan elevado es el monto que se tiene que cubrir para ser eterno, que en la actualidad la perennidad seguirá siendo la panacea soñada, la búsqueda repetida y la ficción largamente añorada, a la que sólo será posible asir y sentir a través de la máquina de los sueños: el cine.

Por Alma Delia Zamorano

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Alma Delia Zamorano Rojas es doctora en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México. Realizó sus estudios de licenciatura con investigaciones sobre el cine sonoro mexicano en los años 30 y poco después cursó la maestría en Comunicación en la UNAM. Es profesora e investigadora en la Escuela de Comunicación de Universidad Panamericana, Campus México. Su actividad tiene énfasis en el estudio de la cultura audiovisual. Pertenece al Sistema Nacional de Investigadores y es autora de los libros “El principio del fin…Imaginarios cinematográficos sobre el Apocalipsis” y “Cine postmoderno: la insoportable  racionalidad del ser”. Puedes contactarla en: @azamoran@up.edu.mx

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