El fichero

Foto: José Luis Ortiz Garza
Foto: José Luis Ortiz Garza

Le pones un crucifijo arriba y parece un pequeño féretro.

Un ataúd color caoba que he cargado de aquí para allá.

Cuando jalas la manija se despliegan las pestañas alfabéticamente ordenadas.

Es mi fichero.

Qué quieren.

Yo no soy nativo digital.

Quienes estudian a las personas como mercancías me han clasificado como beibibumer.

(Nota al pie de página: el autor hace referencia a baby boomer, concepto que significa “generación explosiva” y que identifica a los nacidos entre las décadas de 1940 y finales de 1960. Ofrecemos una disculpa a quienes se dedican a la mercadotecnia y a la investigación de mercados por el aparente tono despectivo de la aseveración).

Beibibumer: el típico espécimen que nació y creció en tiempos de la guerra fría.

Me da igual.

El caso es que era en papel lo que yo leía y escribía.

Y el fichero era el repositorio de las ideas.

Un estuche de joyas en papel y tinta.

Lo más parecido a Fort Knox, porque ya los sumerios decían que las buenas ideas valen más que los lingotes de oro.

Tener un registro era parte de un  sistema que hoy podría parecer incomprensible.

Mientras leías un libro, hacías pequeñas anotaciones en los márgenes de las hojas.

Con tu propio sistema de cifrado.

Marcas para citas textuales, ideas clave, frases sorprendentes,  incongruencias, desacuerdos, incomprensiones,  aprobaciones, admiraciones, reiteraciones.

Al terminar el libro comenzaba el espigueo.

Releer el libro y redactar las fichas.

Momento de acudir a diccionarios y enciclopedias.

Espacio para la reflexión, para rumiar ideas, para cuestionarlas, para digerirlas.

Horas de silencio, de diálogo o debate, con el autor, con el guionista, con el fotógrafo.

Alambique que destila la información en conocimiento.

Conocimiento que se saborea y vierte luego en libros, conferencias, clases.

Porque sabiduría y sabor tienen la misma raíz latina.

(Otra nota al pie de página: el autor se refiere al verbo sapere, que se acentúa en la penúltima sílaba, «sapére». Pertenece por ello a la tercera conjugación. Notése además el uso del tiempo presente, de la voz activa y del modo infinitivo. Conviene señalar que en entrevista expresa con la editora de DiarioUP, el autor confesó la tentación de utilizar el modo imperativo, que se escribe igual, para impelir a la acción de sus cuatro lectores. Aunque finalmente no lo hizo así, conviene aclarar que se ejerció el sagrado derecho a la libertad de expresión).

Si fichar bien es arte o ciencia se discutió en la antigüedad, pero los escritos los consumió el incendio de la biblioteca de Alejandría.

En cualquier caso, lo importante es fichar y fichar bien.

Sólo con referencias precisas puedes hacer libros o trabajos de investigación.

Fichar un buen libro podía llevarte horas.

Borrar las marcas otro tanto.

Eliminarlas era una regla de honor vivida desde tiempos de la escritura cuneiforme.

Despejarle el terreno al siguiente lector.

Porque cada libro habla distinto a cada usuario.

(Esta pausa la dejó el autor sin ofrecer explicaciones).

Lo importante es que cada ficha es tuya.

Qué importa si otro la considera pieza de bisutería.

¿Recuerdan el don del Rey Midas?

Pues, eso.  Si tú la tocas, es oro para ti.

En la ficha no existen frases cursis, ni versos infames: son retazos de la propia vida.

En mi fichero hay notas escritas a la carrera, garabateadas.

Hay otras mejor escritas, con calma, con placer, con admiración y agradecimiento.

Las hay a lápiz.

Las hay a tinta.

Las hay a máquina.

Las hay en fotocopias.

Las hay en cartulina convencional.

(Nota a lápiz: se advierte cambio de ritmo).

Algunas surgieron al vuelo y las estampé donde pude.

El arrebato se estampó en papel estraza, en servilleta, al reverso de una tarjeta de presentación en la eterna agendita que me acompaña.

Luego las pasé al fichero… o las deseché…

Hay en varios idiomas.

Así están bien.

Conservan su denominación de origen, el momento y modo en que nacieron

La mayoría proviene de libros. Pero no pocas provienen de archivos muy diversos.

Algunas son notas de conferencias. Otras, ideas tomadas al vuelo, intuiciones.

Hay frases célebres. Citas textuales. Resúmenes. Comentarios.

Allí están poetas, historiadores, literatos, filósofos, cronistas, periodistas.

A ellos vuelvo cada vez que escribo algo.

(Nota en tinta roja: el autor abusa del punto y aparte).

Fichar es tomar nota de algo, valorarlo, imaginarlo en un contexto y aplicarlo.

Por eso es tan importante tomar apuntes.

Apuntar en cuadernos, en fotos, en fichas, papelitos, servilletas, grabadoras, computadoras o tabletas.

Interpelar la realidad. Sentirla. Asumirla. Cuestionarla… de eso se trata.

Comprometerse con el conocimiento. Desde la letra de una canción, el cartón aparecido en el diario, las estrofas de un salmo, o el diálogo en una película.

Lo que me impresiona es que con tantos recursos a la mano, son pocos los que hoy toman nota de lo que sucede a su lado.

(Aquí la editora exigió ejemplificar el atrevido aserto).

Hace un par de meses pregunté a mis alumnos qué recordaban de las conferencias magistrales de un congreso en la universidad, y respondieron con vaguedades. Y vaya que hubo ideas valiosas, frases redondas, referencias precisas de libros e investigaciones.

¿Será parte de esta cultura que todo lo confía a lo que queda en la red?

¿Será que cuando pensamos en tomar notas nos imaginamos a niños en un museo, cumpliendo la tarea, transcribiendo ideas sin siquiera ver las obras de arte o de ciencia?

Lo cierto es que tomar apuntes y llevar un adecuado registro de los conocimientos es una tarea indispensable en el mundo de hoy.

Precisamente en medio de este océano de conocimientos instantáneos es cuando más falta hace discriminar la información y procesarla en categorías de significado.

Para eso me ha servido mi fichero.

Ese pequeño ataúd sin crucifijo.

(Termina el artículo. Parece claro que el autor urge a los lectores a asimilar mejor los conocimientos mediante un sistema de registro, como tomar apuntes y utilizar ficheros).

Por José Luis Ortiz Garza

***

José Luis Ortiz Garza es director de la Escuela de Comunicación de la Universidad Panamericana, Campus México,  y profesor e investigador de la misma. Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad de Navarra. Su pasión por la investigación histórica documental se ha plasmado en tres libros sobre la propaganda de guerra y uno más sobre la radio fronteriza en el norte de México. Ha contribuido con capítulos de libros publicados en editoriales de Londres, Viena y Frankfurt. Ha realizado estancias de investigación en Washington Austin y Nueva York, y ha dictado conferencias en numerosas ciudades del país y del mundo. Es miembro de la Academia Mexicana de Comunicación. Desde 2009. Puedes contactarlo en: jlortizg@up.edu.mx

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